Me gusta la sensación de que mi corazón se quiere salir a correr. Me gusta tanto que no quiero que se escape en las palabras que escribo.
Algo está gritando dentro de mi. Un grito fuerte, eufórico, enérgico.
Me tiemblan las manos, las piernas, el corazón... los pensamientos.
Es mi caída libre, con la adrenalina del viento agresivo, con la emoción de sentirte volar, de sentirte libre.
Cada segundo fue eterno e insuficiente. Adictivo. Cada momento, un deseo de seguir cayendo inevitablemente.
Hay una fiesta aquí adentro: músicos, poetas...locos.
Podría quedarme ahí toda la vida, todas las noches, todos los días. Todos los soles, todas las lunas. Todo el invierno, toda la primavera y el otoño y el verano. Con lluvia y sin ella. Siempre.
Repetir esa visión de ver al mundo pasar desesperado y sin esperanza, suplicando por querer caer igual que yo.
Cedí a la magia del instante, al desenfreno del ahora, a la felicidad del hoy.
Cumplí lo que me había prometido. Salté sin objetivos, me entregué al vacío sin un tiempo más que el mío.
Dejé de pisar el suelo sucio y mediocre del miedo, y ahora voy en picada sin angustias.
Cerré los ojos y di el paso decisivo a lo que no se olvidará; a mi caída libre.
Soledad

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