Me desespera tu angustia.
Me agobia tu sed.
Me tira tu masoquismo.
Y, ciertamente, no debería de ser así. Debería de volverme inmune a tu desgaste voluntario.
Debería de acostumbrarme a tus recurrentes conductas auto-destructivas, a que desayunes, comas y cenes un sufrimiento que buscas tercamente, a tus plegarias de comprensión en medio de un ensimismamiento tajante y cruel.
Debería de aprender a ignorarte, a ser una más del montón que no quiere ver ni encontrar la otra cara en ti, la verdadera.
Debería de acabar con el intento de entenderte, dejar de justificar tus acciones hostiles e intolerables.
Tú deberías parar el afectarme. Desalojar el espacio dentro de mi mente; para ya no sentirme impotente, frustrada y culpable al odiarte con cada cosa que dices o haces; para que mis prejuicios y predisposiciones terminen aburriéndose y se desaparezcan; para no hacerte un daño innecesario e irreparable.
Más no puedo, me niego a tomar parte de la farsa diaria de quererte y nada más. Ser la espectadora pasiva de un alma con tendencias kamikazes.
No acepto ni concedo porque te amo y me dueles. Me aflige tu insatisfacción, tus vacíos, tu ceguera, tu sordera, tu entumecimiento.Todo aquello que no te deja ser consciente de que tu soledad llegó a petición, y que tus vacantes de apoyo y consuelo las podríamos llenar estos que tú te obstinas en no escuchar y para los que, parece, tienes altas expectativas.
Y, sin embargo, sigues a los ajenos, a los lejanos, a los que nunca han estado y para los que nunca estarás. Los crees absolutos, admirables, dignos de tu cariño y tu atención. Anhelando sentir un poco de ese ego desmesurado que los acompaña.
No entiendes que para alzarlos, tú te tienes que agachar.
Mientras tanto los necios de siempre, los ignorados, continuamos mendigando tu despertar, cuestionando si el cariño seguirá manteniendo a la voluntad o el cansancio terminará por derrotar estos empeños locos de que seas feliz.
Soledad